sábado, 22 de diciembre de 2012

Echa tu pan sobre las aguas

El libro de Eclesiastés ha sido escrito por el rey Salomón, y en uno de sus párrafos dice: “echa tu pan sobre las aguas; porque después de muchos días lo hallarás”. Era evidente que el dueño de estas palabras, era un conocedor de las experiencias cotidianas de la vida, era un agudo observador. El mar de galilea, era un lugar predilecto para el trabajo de la pesca, pasando largas horas en esa sacrificada tarea, utilizaban para su propio alimento, los peces que sacaban acompañado de un trozo de pan. Era común que arrojaran al mar el pedazo sobrante. Solo un observador minucioso podría percatarse que ese alimento arrojado a la distancia, pasado el tiempo de la noche, con el primer brillo de los rayos del sol, se lo podría ver a un trozo de pan, jugueteando con las olas, cerca de la orilla. El viento y las corrientes marinas hacían una parte de la tarea, y el pasar de las horas, se ocupaba del resto. Este hecho tan natural ha sido utilizado por Salomón para ilustrar una verdad que no se puede soslayar. “Echa tu pan sobre las aguas; porque después de muchos días lo hallarás. Reparte a siete, y aun a ocho; porque no sabes el mal que vendrá sobre la tierra” esta parte de su escrito simplemente repite lo que Dios había ordenado a su pueblo, que partas tu pan con el hambriento, porque es el mejor sacrificio que se puede presentar al cielo.

Salomón explica que cuanto mas hambrientos uno pueda saciar, tanto mejor. Porque no se sabe si en el futuro, no se podría necesitar de la ayuda de alguno de ellos. El amor desinteresado, la compasión, la misericordia, un pan tan escaso en nuestros días, pero que tu y yo somos llamados a repartir. El mejor sacrificio, el mas acepto delante de Dios, es “que partas tu pan con el hambriento”. El mundo de hoy se debate en el odio, en el egoísmo, la violencia y en el desinterés por menos privilegiados. Pero el que sirve a Cristo, el que conoce al verdadero Dios, es convocado por él para repartir el pan del cielo con los necesitados de esta vida. En cierta ocasión los habitantes de un pueblo consintieron en levantar un altar donde el afligido pudiera encontrar un poco de alivio para su mal. Acordaron llamar a dicho lugar “el altar de las lágrimas”, un lugar donde la mayoría de los pobladores podría ir cuantas veces quisieran a ofrecer un sacrificio. No era un altar para celebrar algún rito religioso, tampoco era para ofrecer sacrificios a ningún dios, simplemente había sido erigido para que todo aquel que estuviera pasando por un momento de profunda tristeza, tuviera un lugar donde derramar sus lágrimas. Llanto y dolor, una experiencia humana tan común en nuestros días. “El altar de las lagrimas”, habrá sido el lugar más concurrido del pueblo. Un altar predilecto para las madres que en su ancianidad han sido desamparadas por los hijos que ha criado. Un altar que habrá recibido las lagrimas de aquellos amigos que han sido traicionados. Altar donde los niños de la calle podrían regar con lágrimas por el amor que nunca conocieron. “El altar de las lagrimas” un lugar que bien podríamos construir en cada rincón de este planeta donde los hombres nos hemos encargado de insensibilizarlo y desposeerlo de todo tipo de misericordia. Mi amable lector, quizás estés diciendo en tu corazón, yo soy uno de esos necesitados, uno de los que precisan de ese altar. Tal vez porque la vida no ha sido tan fácil para ti, porque has pasado por experiencias muy amargas y llevas una llaga muy profunda en el corazón. Quizás la ingratitud de algún amigo, el desprecio de un ser querido, el abandono de alguien muy caro a tus sentimientos. Quiero que sepas en este momento que hay un altar donde puedes acudir con tus cuitas, un lugar seguro donde puedes abrir tu corazón porque allí recibirás consuelo. No es un altar de lágrimas, sino un altar de gozo. No es un altar construido por manos humanas, sino un altar provisto por el Creador. Jesucristo el Hijo de Dios, el dijo “yo soy el pan de vida” Él puede saciar tu el hambre de tu alma. Dijo además, “venid a mi todos los que estáis trabajados y cargados que yo os haré descansar, poned mi yugo sobre vosotros y aprended de mi que soy manso y humilde de corazón y hallareis descanso para vuestras almas.  

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